La reforma que conmovió
a México en la medianía de los años treinta resulta impar para reflexionar
acerca de la naturaleza, los alcances y los límites de las iniciativas de cambio
en los sistemas
educativos de América Latina. Según
sé, ésta fue la primera vez que el término educación socialista. fue incluido en la
constitución de un país latinoamericano. El que ello se produjera en la etapa
conclusiva de la revolución mexicana lo vuelve aún más particular.. Las acciones
realizadas por el general Lázaro Cárdenas en favor del país y de sus “clases
desposeídas” apresuraron el ritmo del tiempo mexicano, alteraron el cambiante
pulso de la experiencia de los hombres y removieron expectativas de progreso,
justicia, libertad e independencia surgidas desde décadas atrás. Dichas alteraciones se
produjeron en un contexto internacional signado por el ascenso del fascismo y la
germinación de la segunda guerra mundial.
Este
artículo presenta un panorama, necesariamente limitado, de lo que fue la
educación socialista y lo que significó su aplicación. Dada la cuantía y la
diversidad de espacios, tiempos y problemas estudiados con respecto al
tema, decidí centrarme en el
periodo presidencial de Lázaro Cárdenas, de 1934 a 1940, y dentro de él en tres
pares de aspectos: a) cuál fue la política educativa del gobierno federal y
qué conflictos hubo de enfrentar; b) qué estrategias se instrumentaron para
aplicar las disposiciones normativas y cómo alteraron la estructura del sistema
educativo de la época; c) cuáles fueron los principales proyectos
escolares para el campo y para las
ciudades y qué respuestas suscitaron en la población. Hay tantas cosas por decir
acerca de estos asuntos y tan poco espacio para hacerlo, que intenté
circunscribirme a los hechos más esenciales, sin negar por ello su complejidad
ni contentarme con su simple enumeración. En todo caso, quien después de leer
estas páginas tenga curiosidad por alguno de los sucesos en ellas descritos
puede acudir a las fuentes citadas. De manera deliberada armé este texto como
una especie de brújula para orientar al lector en su posible excursión por los
documentos centrales de la educación socialista, los estudios referentes a ella
y las reflexiones que éstos han permitido desarrollar.
La política
educativa del poder central
Poco antes de que
concluyera el año de 1934 el Congreso de la Unión aprobó la propuesta del
Partido Nacional Revolucionario (PNR) de modificar el artículo tercero
constitucional. Ya reformado, el texto establecía que la educación impartida por
el estado debía ser socialista, excluir toda doctrina religiosa y combatir el
fanatismo mediante la inculcación de un concepto racional y exacto del universo
y de la vida social. Asimismo, ampliaba las facultades del gobierno federal
tanto para controlar los distintos niveles del sistema educativo como para
vigilar el funcionamiento de las escuelas particulares.
La iniciativa de
modificar la orientación que en materia educativa determinó el Congreso
Constituyente de 1917 fue parte y consecuencia de una serie de cambios en las
correlaciones de fuerzas al interior del partido oficial, el PNR, así como de la
presión de los sectores populares por él organizados.
La presencia
dentro de la estructura partidaria de nuevos actores políticos y el
fortalecimiento de los líderes radicales favorecieron que en el Plan Sexenal
acordado en 1933 se establecieran compromisos con el reparto agrario, la reforma
educativa, la soberanía sobre los recursos naturales y los derechos
sindicales. PNP. Este documento
reflejaba en muchos sentidos los principios nacionalistas y populares de las
diversas fuerzas revolucionarias, reforzados por las corrientes en favor de la
intervención estatal como elemento de equilibrio entre las clases sociales y
motor de las transformaciones que se creía necesario impulsar. En el terreno de
la educación recuperó prácticas e ideas desarrolladas desde al menos tres
lustros atrás: el pensamiento liberal de principios del siglo XX, la enseñanza
racionalista, las experiencias
radicales experimentadas en algunas entidades de la república, la escuela de la
acción propuesta por la Secretaría de
Educación Pública (SEP) en años
precedentes y el modelo pedagógico soviético. Estos afluentes
confluyeron en una sola voluntad: construir, bajo el control directo del
gobierno federal, una escuela inspirada en la doctrina de la revolución
mexicana.
Durante su
gira electoral, Lázaro Cárdenas difundió el Plan Sexenal haciéndolo vivir en
términos de tierras, escuelas, cooperativas y créditos agrícolas. La educación
socialista fue uno de los emblemas de su propaganda, así como el motivo de
movilizaciones callejeras y componendas partidistas. Las centrales sindicales,
los ferrocarrileros, las ligas agrarias y algunas fracciones del magisterio se
manifestaron en favor de ella. Más tarde, el PNR movilizaría a su maquinaria
para tomar las calles y mostrar a los “conservadores” su apoyo a la iniciativa
de ley. Es factible que estos
actos fueran promovidos desde las cúpulas gubernamentales y que muchos de
quienes participaron en ellos desconocieran el móvil que defendían. Sin embargo,
no podemos excluir la existencia de adeptos a esta causa ni desmerecer su
importancia.
Lázaro Cárdenas tuvo que
enfrentar el descontento ocasionado por el proyecto de reforma. El intento de
introducir innovaciones como la coeducación y la educación sexual habían
generado protestas de magnitud considerable que obligaron al titular de la SEP
del gabinete anterior, Narciso Bassols, a renunciar a su cargo. En la ciudad de México
y en muchas regiones del país, sobre todo las más afectadas por la
Cristiada, existían asociaciones de
padres de familia, grupos afiliados a la Liga Nacional de Defensa de las
Libertades Religiosas, confederaciones de universitarios, núcleos sinarquistas,
cristeros todavía en armas, autoridades públicas, órganos patronales,
hacendados, rancheros y gremios de artesanos dispuestos a luchar por sus
convicciones e intereses. Al otro lado de la trinchera también había una amplia
gama de fuerzas combatientes: ligas antirreligiosas, organizaciones femeniles,
comités pro educación socialista, uniones de estudiantes, sindicatos de
maestros, hermandades de artistas e intelectuales, partidos políticos de
izquierda y confederaciones tanto
obreras como campesinas.
La mayor parte de estas fuerzas, ya fueran de uno u otro bando, contaban con
experiencia en el manejo de los asuntos públicos. Los años de lucha armada
(1910-1920) dejaron como saldo una sociedad activa, dispuesta a batallar dentro
del proceso de reestructuración que trajo consigo el derrumbe del antiguo
régimen. Más tarde, la guerra
cristera amplió la convocatoria y la capacidad de organización vastos sectores
rurales y urbanos a lo largo del país. Al tiempo que ello sucedía se produjeron
movimientos en favor del reparto de tierras, mejoras salariales y
democratización de la vida pública. Para 1934, aún con las secuelas del trance
económico de 1929, México vivía una situación crítica, bajo un clima enrarecido
por las afrentas del pasado y la desesperanza hacia el porvenir.
En
este contexto, el candidato Lázaro Cárdenas fue sometido a presiones
provenientes de diversos frentes. Varios de los conflictos fueron protagonizados
por líderes de su partido, el temido y odiado Plutarco Elías Calles en primer
lugar. En julio de 1934 este
dirigente pronunció en la ciudad de Guadalajara, cuna y bastión del movimiento
católico, un discurso incendiario en contra de “los elementos clericales y
reaccionarios” que se habían apoderado de la escuela. Su arenga reavivó el temor
hacia una nueva persecución religiosa y predispuso a la Iglesia en contra de la
reforma del artículo tercero. Los miedos se redoblarían ante la presión ejercida por
algunos líderes que pidieron la aplicación inmediata de los principios
constitucionales y activaron a sus “bases” para llevar “hasta sus últimas
consecuencias” las versiones más ortodoxas de la educación socialista. Por el contrario, otros
gobernantes, entre ellos el presidente aún en funciones, Abelardo Rodríguez,
creían que la modificación del texto constitucional era un desacierto que podría
acarrear más problemas que beneficios. La opinión de este
funcionario era similar a las de otros veteranos de la educación pública,
quienes consideraban innecesario crear un clima de confrontación que pusiera en
riesgo los avances.
La aprobación legal del
dictamen presentado por la comisión correspondiente fue más que un trámite
burocrático llevado al cabo por un poder legislativo dócil. Durante los debates
salieron a flote no sólo las fracturas internas del PNR, sino la falta de
claridad en torno al por qué y el cómo reformar al sistema educativo y la
existencia de diversas concepciones acerca del sentido y los alcances de los
cambios. Los diputados se enfrascaron en apasionadas discusiones acerca de la
proximidad o la lejanía del socialismo, el significado de este término y sus
contradicciones con el régimen económico entonces vigente. Hoy en día estos
alegatos pueden ser vistos con desdén y provocar sarcasmo, pero en su tiempo
eran tomados muy en serio.
ogrados años atrás.
Tan pronto fue aprobada
la enmienda constitucional el gobierno creó el Instituto de Orientación
Socialista, organismo responsable de elaborar los lineamientos para la enseñanza
básica. En poco tiempo, de acuerdo con el pulso apresurado del momento, diseñó
el Plan de Acción de la Escuela Primaria Socialista, que fue distribuido por
todo el territorio nacional. Más que de la educación socialista en el sentido
ortodoxo del concepto, este documento hacía referencia a una “escuela
socializada que no estuviera al margen de la vida y la sociedad, sino que
combatiera sus lacras y actuara en defensa de las clases desposeídas”. Lejos de marcar un
solo camino, daba cabida a diversas propuestas pedagógicas, siempre y cuando
privilegiaran a la comunidad, la propiedad colectiva, al trabajo y al
conocimiento útil, y se opusieran al individualismo, la religión y la injusticia
social.
Además de conciliar diferentes posturas dentro de las
esferas oficiales, el nuevo gobierno tenía que mantener el frágil equilibrio
logrado en 1929 con la jerarquía eclesiástica, que encabezó la batalla en contra
del “ateísmo” estatal. Desde 1932 fueron elaboradas y difundidas pastorales que
instruían a los fieles sobre cómo actuar para que “en las escuelas no se
enseñara nada contra la fe y contra las buenas costumbres”. Inmediatamente
después de la reforma constitucional los padres de familia fueron prevenidos de
que al enviar a sus hijos a las “escuelas socialistas” cometían pecado capital.
Una pastoral colectiva fechada el 12 de enero de 1936 afirmó que ningún católico
podía ser socialista, ni aprender o enseñar el socialismo, o suscribir
declaraciones en las que tuviera que admitir el naturalismo pedagógico y la
educación sexual. Meses después se exhortó a la grey a combatir el laicismo y la
enseñanza socialista y comunista por “contener errores trascendentales e ideas
disolventes del orden y de la sociedad”.El acoso de la
Iglesia y de las asociaciones vinculadas a ella obligó al gobierno a moderar el
tono antireligioso de la reforma educativa. Ello le resultaba vital debido a los
rescoldos de la rebelión cristera, que tuvo entre sus enemigos más odiados a los
maestros rurales y a los dirigentes de los comités agrarios. La censura de la
jerarquía eclesiástica hacia los cristeros alzados, “hombres miserables sin
medios ni ayudas”, era esencial para combatir la ola bélica y evitar que ésta se
expandiera. De aquí que Lázaro
Cárdenas, más respetuoso que sus antecesores de la religiosidad del pueblo
mexicano, intentara ser cuidadoso para con la oposición católica y no secundara
el matiz iconoclasta que algunos de sus aliados quisieron darle a la reforma. En
1935 restringió la campaña anticlerical y canalizó los esfuerzos hacia la
realización de su proyecto social, en particular lo referente al reparto agrario
y la colectivización de las tierras expropiadas.
Este programa sería parcialmente cancelado a partir de 1938, año de la
nacionalización del petróleo, cuando las amenazas del exterior, las
correlaciones políticas internas, la oposición a algunas de sus medidas y la
disputa por la sucesión presidencial obligaron al régimen cardenista a matizar
sus propuestas originales. Ese fue el año de la
reconciliación nacional, cuando el presidente suspendió la aplicación de las
leyes anticlericales y logró la paz que las armas no habían podido lograr.
La primera oleada
en contra de la reforma coincidió con el desarrollo del conflicto entre Lázaro
Cárdenas y Plutarco Elías Calles, “Jefe Máximo” de la revolución, fundador del
PNR y uno de los causantes principales del descrédito de la ciudadanía hacia el
poder público. En 1935, tras la serie de movimientos que culminaron con la
expulsión de Plutarco Elías Calles del país y el nombramiento de un nuevo
gabinete, Lázaro Cárdenas sustituyó a su primer secretario de educación, Luis
García
Téllez. No fue éste el efecto
más importante de la querella en los círculos del poder. Los requerimientos de
combatir a los aliados del callismo y de acrecentar las fuerzas leales al bloque
cardenista definieron en gran medida las orientaciones de la política educativa
del ejecutivo federal. Ello ayuda a explicar por qué éste favoreció a fuerzas
locales contrarias a la educación socialista, solapó a autoridades que no
aplicaron los lineamientos educativos estatales y ejerció la ley “a discreción”,
de acuerdo con sus necesidades más inmediatas y sus intereses a largo plazo.
Lázaro Cárdenas actuó de manera desigual y no siempre de acuerdo con sus
convicciones, lo cual no desmerece su ideario ni le resta méritos a sus
acciones. En todo caso, es indicativo de la debilidad del Estado
posrevolucionario y de sus dificultades para imponer su voluntad.
Desde finales de 1937 el
Presidente y sus aliados orientaron sus esfuerzos hacia la reestructuración del
PNR, cuyo nombre, directiva y estructura interna fueron modificados un año
después. A partir de entonces, el
discurso y las actividades gubernamentales en materia educativa se concentraron
en la meta de incrementar el poder del gobierno federal y el de las filiales
partidarias sobre los poderes locales, base de los pactos que permitieron el
nacimiento y el desarrollo de la SEP. El peso depositado en la faceta
doctrinaria de la escuela socialista decayó; a cambio de ello, se reforzó la
tendencia a crear un sistema educativo unificado bajo el dominio directo de la
SEP. En 1939 fue aprobada una nueva reglamentación que afinó las medidas de
control e hizo posible lo que, no sin razón, los opositores a estas normas
llamaron “monopolio educativo estatal”.
Gestión educativa y
control estatal
A lo largo de su
periodo presidencial, en algunos momentos y zonas con mayor intensidad que en
otros, Lázaro Cárdenas le confirió a la educación un papel decisivo en el
cumplimiento de la política gubernamental. Congruente con ello, intervino más
que ningún otro presidente de la república en los asuntos educativos, amplió los
recursos financieros y los apoyos destinados a la educación y asignó a los
maestros y a las escuelas importantes funciones en la transformación de la
sociedad mexicana. Ellos debían ser agentes del cambio y guías de las
organizaciones populares en la lucha en contra de las fuerzas conservadoras y en
favor de una sociedad más justa, democrática y
autónoma.
Para
cumplir con lo anterior, el gobierno introdujo algunos cambios y fortaleció
tendencias que alteraron la estructura del sistema educativo de la época. Las
alteraciones comenzaron en la propia SEP, que por primera vez desde su creación,
en 1921, fue conducida por hombres provenientes de la provincia y ajenos a los
círculos intelectuales de la ciudad de México. El manejo de las prioridades y
los métodos educativos pasó de los intelectuales que habían resguardado las
instituciones culturales y la educación superior desde el ocaso del porfiriato,
hacia maestros y funcionarios “plebeyos” con vasta experiencia dentro del
sistema escolar. Sus conocimientos pedagógicos, sus afinidades con el magisterio
y su liderazgo serían piezas clave en los avatares de la reforma educativa.
Los
nuevos mandos de la burocracia promovieron la expansión cuantitativa del sistema
federal de educación y el aumento de la vigilancia de la SEP sobre
las escuelas pública y privadas. Como resultado de ello
se avanzó en la centralización del sistema educativo y se produjo una
redistribución del costo del servicio educacional entre la federación, los
estados y los municipios. El primer asunto, que en años previos había sido
objeto de agrias discusiones, ocupó un lugar secundario en los debates que condujeron a
la modificación del artículo tercero. Fueron pocos los legisladores que
advirtieron los peligros de suprimir, en aras de lograr la “integración de una
nacionalidad plena de vida”, la referencia explícita a que la jurisdicción del
ejecutivo federal no podía ir en contra de la facultad de los estados para
legislar sobre el ramo educativo. Su “descuido” sentó las bases legales para la
centralizar técnica y administrativamente al sistema escolar mexicano. En 1937
el secretario de educación, Gonzalo Vázquez Vela, declaró su confianza en que
“en un futuro no lejano, y sin menoscabo de la indispensable atención que debe
darse a las modalidades regionales, la unificación sea completa y pueda hablarse
de un sistema nacional único”. Para entonces se
habían dado pasos firmes hacia la integración de los sindicatos de maestros. El
poderoso Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza de la República Mexicana
(STERM), creado en febrero de 1938, sería un pilar en la construcción del
entramado burocrático que en adelante se haría cargo del funcionamiento de la
educación púbDurante los primeros años del gobierno cardenista
la expansión de la SEP se produjo de forma diferenciada y con base en frágiles
negociaciones entre las autoridades federales y las de los estados. En general,
las primeras tomaron el control de las escuelas rurales y técnicas ya existentes
y promovieron la creación de nuevos planteles en el medio rural. Por su parte,
los colegios urbanos quedaron bajo la potestad de los gobiernos estatales,
algunos de los cuales pusieron poca resistencia a los afanes centralizadores.
Los traslados administrativos los liberaban de una carga financiera que no
podían sostener, así como de una fuente constante de conflictos políticos. Ello
explica por qué incluso entidades con una fuerte tradición de autonomía, por
largos años reticentes a los dictados federales en materia educativa, aceptaron
la intervención de la SEP. Tal fue el caso de Oaxaca, donde para 1934 aún
privaban las leyes educativas previas a la revolución de 1910. El rechazo de las
fuerzas políticas locales hacia el Estado posrevolucionario había dificultado la
puesta en práctica de los programas educativos federales. En los albores de la
década de los treinta los municipios aún tenían el control administrativo y la
carga financiera de la mayoría de las escuelas. Ello era motivo de
contrariedades entre los maestros y las autoridades municipales. Cansados de
soportar la “tiranía municipal”, los profesores lucharon en favor de federalizar
la enseñanza.
Sus batallas coincidieron con el establecimiento de nuevos lazos entre los
grupos políticos oaxaqueños y el gobierno federal. El acuerdo legal de 1936
entre la federación y el gobierno estatal fue producto y parte de estas
relaciones. A partir de entonces, la SEP se hizo cargo tanto de los costos
financieros como de la operación administrativa de buena parte del sistema
educativo oaxaqueño. Ello facilitó la promoción del programa cardenista, que fue
objeto de ataques por parte de los viejos cacicazgos forjados en las luchas
decimonónicas del liberalismo militante y en la defensa de la independencia del
estado frente a las imposiciones del centro.
Los
avances de la SEP ampliaron en cantidad y magnitud los conflictos entre los
poderes federales y los municipales por el control de las escuelas. A diferencia
de los problemas que pudieran surgir en las transacciones entre la SEP y los
gobiernos estatales, en los suscitados dentro de los municipios se movilizaban
actores directos de la trama escolar. Los estudios regionales describen quejas
de maestros e inspectores sobre el comportamiento de autoridades municipales, a
las que se les hacían acusaciones de diverso orden: actuar en contubernio con
los curas, ocultar información, regatear la contribución económica que les
correspondía, proteger los intereses de los hacendados, solapar las actividades
de gavillas armadas, incitar a la población en contra de la educación socialista
y el reparto agrario, hostigar a los maestros y los misioneros culturales. Los
reclamos eran mutuos: presidentes, síndicos y ayuntamientos enviaban a la SEP
reclamaciones constantes por cuestiones financieras o relativas a la gestión
escolar, así como por la intromisión de los maestros en asuntos fuera de su
competencia y su falta de sensibilidad para con las problemáticas y las
creencias de los habitantes. El desarrollo del
sistema educativo federal implicó el fortalecimiento de la SEP, que aumentó el
número de maestros, inspectores y directores federales. Ya desde años atrás
estos “cuadros” habían sido pieza clave para la promoción de las innovaciones
educativas. Su relativa independencia con respecto a las autoridades locales, su
formación profesional e ideológica, sus vínculos con agencias federales y sus
alianzas con organizaciones dependientes del partido oficial les permitían
realizar actividades fuera del alcance de los profesores y de los directivos
estatales, más atados que los primeros a las redes tradicionales de poder. Son
muchos los casos descritos por los historiadores de agentes federales que
realizaron intensa tarea de convencimiento, organización partidaria y lucha
social. La SEP acostumbraba trasladarlos de un lugar a otro con instrucciones precisas
de actuar de tal o cual manera. En algunas circunstancias, ellos eran los
encargados de mediar conflictos o generar situaciones favorables para el logro
de ciertos propósitos: combatir la oposición, regular labores de reparto
agrario, crear filiales del PNR, organizar actos cívicos, participar en las
elecciones y promover campañas nacionales de vacunación, de antialcoholismo, de
fomento al deporte y de apoyo a los actos del gobierno.
Las campañas organizadas
por la SEP en coordinación con otras dependencias sirvieron para ampliar los
horizontes de las comunidades y hacerlas partícipes de asuntos que unían al
conjunto de los mexicanos. Maestros, niños, padres
de familia y escuelas de toda la república acudieron al llamado hecho por el
mandatario para apoyar la valiente decisión de nacionalizar las compañías
petroleras, reunir fondos con el fin de pagar las deudas y defender la soberanía
frente a las amenazas bélicas de los Estados Unidos y el boicot comercial
acordado contra México. Durante la primavera de
1938 los planteles fueron convertidos en centros de acopio, propaganda y apoyo a
la expropiación petrolera.
El afán centralizador del gobierno federal no sólo
afectó la autonomía de los estados y la participación de la ciudadanía en los
asuntos educativos; también alteró las tasas de crecimiento, la composición y la
conducta de la educación privada. Aunque minoritarias en relación con las
escuelas públicas (cerca del 10% del total) las privadas tenían grande
influencia en la formación de ciertas capas sociales, en especial de los
sectores medios urbanos, así como en la difusión y el mantenimiento de la
cultura religiosa. Pese a los sucesivos embates gubernamentales, a lo largo de
los años inmediatamente posteriores al triunfo de la revolución este tipo de
planteles no sólo había logrado sobrevivir, sino desarrollar principios,
valores, métodos y formas de funcionamiento autónomos.
A nivel nacional, se crearon mecanismos no sancionados por instancias legales
que permitían su existencia. En los escenarios locales había espacios abiertos
para la negociación cotidiana entre las autoridades públicas y las
eclesiásticas.
En 1935 el
gobierno promulgó un decreto que definía la relación entre el gobierno y las
escuelas privadas y señalaba los requisitos formales para el funcionamiento de
éstas. En él se reiteraba que la educación era una función exclusiva del Estado,
que delegaría funciones en los particulares sólo cuando éstos “garantizaran
plenamente la enseñanza socialista, la exclusión de toda prédica religiosa, la
acción desfanatizadora y la preparación de la juventud libre de los prejuicios
del actual régimen de especulación individualista”. Entre otras cosas, la nueva
reglamentación indicaba que sólo serían aceptados maestros que a juicio de la
SEP pudieran desempeñar las funciones pedagógicas e ideológicas que se les
habían asignado.
Lejos de
acabar con “los focos de infección”, las medidas de inspección, control y cierre
de los colegios privados y las encaminadas a asegurar la “lealtad” de los
docentes hacia la doctrina oficial propiciaron el desarrollo de estrategias que
reforzaron la autonomía de la instrucción privada frente al Estado y ampliaron
su popularidad ante los creyentes. Numerosas instituciones funcionaron al margen
de la ley, a menudo solapadas por los responsables de aplicarla. Las más
recurrieron a métodos como cambiar sus nombres, ocultar o desmantelar capillas y
oratorios, simular la aplicación de los programas y el uso los libros de texto
oficiales o evadir la inspección; otras optaron por trabajar en la
clandestinidad.
Para el gobierno, la aplicación de las normas referidas
a las escuelas privadas representaba un alto costo político y financiero. Además
de generar conflictos con los padres de familia y el clero, mermaban recursos
que podían ser destinados a otros rubros. Debido a ello, al comenzar el año de
1938 Lázaro Cárdenas declaró una tregua e invitó a los particulares a cooperar
para satisfacer las necesidades de la población en materia educativa. Para
entonces, el gobierno había variado el rumbo de su política y avanzaba hacia la
conciliación plena con la Iglesia y el establecimiento de pactos con los
sectores empresariales. En el terreno educativo se puso mayor énfasis en las
necesidades de la integración nacional y en las cuestiones pedagógicas que en
las de orden político. En coordinación con la SEP, el STERM y el Congreso de la
Unión, el Presidente se concentró en lograr una tarea pendiente desde el cenit
del siglo XIX: crear un sistema educativo unificado.
Escuelas, ejidos y
maestros
Durante el periodo
presidencial de Lázaro Cárdenas se sostuvo la tendencia, generada desde más de
una década atrás, de dar prioridad a las distintas modalidades de la educación
rural, que fue parte medular de la política educativa posrevolucionaria. Su
relevancia fue reconocida en el Plan Sexenal de 1933, que tenía entre sus metas
principales elevar a más del doble el número de escuelas rurales, unificar los
contenidos escolares y elevar su calidad. Estas metas eran compartidas por el
entonces aspirante a ocupar la silla presidencial, quien a lo largo de su
gestión como gobernador de Michoacán, su estado natal, dio muestras de fe en los
efectos redentores de la educación sobre las masas campesinas e indígenas, que
constituían el porcentaje mayoritario de la población mexicana y eran las
principales víctimas de los “males” que se querían combatir: la pobreza, la
insalubridad, la incomunicación, el latifundismo, el analfabetismo y la religión. Ya como
presidente, Lázaro Cárdenas declaró en repetidas ocasiones que el maestro rural
era el personaje más importante del México del momento y que la escuela tenía un
valor excepcional para el logro de las demandas más sentidas del
pueblo.
Las instituciones,
los planes de
estudio y los libros de
texto elaborados en el curso
del periodo cardenista se nutrieron de los antecedentes más inmediatos de
la educación
rural mexicana, pero también propusieron
nuevos componentes. El énfasis en los contenidos técnicos y antireligiosos de la
enseñanza disminuyó. A cambio de ello, se buscó que niños y adultos se
organizaran para mejorar la vida de las comunidades, hacer efectivos los
derechos de obreros y campesinos, defenderse de los abusos de las autoridades y
proteger los recursos e intereses nacionales. Dicha prioridad fue
parte esencial de un proyecto de grandes magnitudes y ambicioso en cuanto su fin
supremo: transformar los saberes y las prácticas de las masas campesinas. Para
lograr esto, el gobierno entretejió los avatares de la escuela rural con la
distribución de tierras y el fomento de los ejidos. Los éxitos y fracasos de la
educación socialista fueron parte y consecuencia del reparto agrario y la
voluntad estatal para hacer del ejido una institución permanente, célula
primigenia de la vida social y cabeza de playa del poder central en las
comunidades.
Lázaro Cárdenas “quiso
sobre todo ser el gobernante del campo, en el campo y para el campo”. El reparto de tierras
fue su obra predilecta desde la última estación de 1936 hasta el otoño de 1937.
En los años siguientes sería el punto de confluencia de las principales
dependencias gubernamentales. A nivel cultural, esta obsesión propició lo que
Luis González denomina “arte agrarista”, que produjo poesías para recitar en
coro, largos poemas que daban razón de los sufrimientos de la gente del campo,
canciones alusivas al agrarismo, corridos como el del agrarista y lamentos de la
clase desposeída”. Lanovela campesina se volvió
best-seller; la naciente industria cinematográfica prodigó rancheros cantores,
trajes típicos, peleas de gallos y por tierras, trenzas femeniles, jícaras y
moles. El mausoleo
revolucionario privilegió la imagen campesina de Emiliano Zapata sobre las de
los caudillos rancheros al estilo Francisco Villa y las de los políticos
citadinos como Francisco I Madero.
El sistema de educación
rural tuvo dos componentes básicos: las escuelas rurales federales, que
impartían instrucción elemental a niños y adultos, y las Regionales
Campesinas, encargadas de formar y
capacitar maestros y técnicos agrícolas. Estas últimas habían nacido en 1932 con
el doble propósito de transformar las técnicas de producción y la mentalidad de
los campesinos. Con vistas a lograrlo, se les asignaron proyectos de
investigación y de acción social que supuestamente debían apoyar el trabajo de
las escuelas primarias aledañas y de los maestros que trabajaban en ellas.
Asimismo, se les otorgaron facilidades para que laboraran en combinación con el
Banco Ejidal de Crédito Agrícola.
De acuerdo con
los reglamentos de la SEP, los alumnos de las Regionales debían tener cursados
al menos tres años de primaria y ser hijos de ejidatarios, pequeños
agricultores, artesanos o pequeños industriales de los poblados más menesterosos
de las zonas donde estaban las instituciones. Durante sus estudios, los
inscritos gozaban de una beca y vivían en los internados mixtos. Además de
cursar las materias de la especialidad por ellos elegida, estaban obligados a
participar en las actividades cotidianas del plantel, incluido su gobierno. Se
esperaba que los egresados se convirtieran en líderes laicos que sustituyeran al
cura en la comunidad e hicieran obra práctica de mejoramiento “a través de una
escuela con vida que se proyecte al campo y al hogar”.
Si bien no
todos los estudiantes cumplían los requisitos establecidos, las Escuelas
Regionales funcionaron de canal para que algunos sectores de la población rural
se incorporaran al mundo escolar y, a partir de ahí, a la burocracia
gubernamental. Contribuyeron a formar nuevos dirigentes que a largo plazo
transformarían la composición social y de género de las elites políticas
locales. El que la mayoría de los alumnos fueran recomendados por presidentes
municipales, por comités ejidales o educativos y por organizaciones sindicales,
contribuyó a ello. Igualmente importante fue el hecho que el gobierno se
comprometiera a contratar a quienes pasaran por sus aulas.
La
actividad de estos centros fue minúscula frente a la magna tarea realizada por
las escuelas primarias rurales en aquellos años terribles. Y si recurro a esta
palabra no es para usar un adjetivo más, sino con el fin de advertir al lector
sobre una de las facetas que tuvo en México la lucha por secularizar la vida en
el campo, incorporar a los campesinos a la dinámica nacional y hacer de la
escuela una agencia portadora de los ideales revolucionarios. Durante el periodo
cardenista más de doscientos maestros rurales fueron asesinados; muchos otros
fueron heridos por gavillas armadas, poblaciones enardecidas, guardias blancas
solapadas por caciques y hacendados o autoridades del gobierno opuestas a los
dictados de la federación. La mutilación de los
cuerpos, en particular el corte de orejas, y la saña con la que se actuó sobre
las mujeres dan cuenta del horror vivido en diversas regiones del país como
Guanajuato, Puebla, Jalisco, Colima y Veracruz, y
de los altos costos, en términos humanos, que representó la cruzada por el
rescate del “alma nacional”. Las víctimas no fueron sólo de un lado: aunque
menos reconocida, los opositores al régimen también dieron su cuota de
mártires.
La ejecución de maestros
fue la más repulsiva de las muchas expresiones de rechazo e inconformidad hacia
la reforma de 1934. La quema de aulas, la inasistencia a clases, el
hostigamiento cotidiano a los maestros, la indiferencia o el abandono fueron
prácticas comunes en algunas zonas como la de Los Altos de Jalisco, el sur del
Estado de México y el de Sinaloa, las regiones serranas de Puebla y algunos
municipios de Aguascalientes, Querétaro y Durango. Redes civiles
y paramilitares, algunas de ellas fuera del control de los poderes
institucionalizados, se enfrentaron al proyecto educativo y agrario del
gobierno. Durante los albores del cardenismo la lucha cobró cauces violentos y
llegó a paralizar casi por completo la actividad escolar. El Estado respondió a
los ataques mediante el cierre de escuelas y de iglesias, la “purga” de maestros
considerados “reaccionarios”, la expulsión de sacerdotes y de monjas, las
campañas militares y la entrega de armas a los campesinos leales al
gobierno.
Sería deshonesto
mostrar sólo la faz violenta, y por tanto de mayor dramatismo, de lo acontecido
en el campo mexicano de aquella época. Así como hubo brotes de disconformidad,
también los hubo de aceptación y de entusiasmo. Habitantes de no pocas
poblaciones del país compartieron los principios de la educación socialista y
actuaron como sus defensores más acérrimos. Calificarlos de “grupos de
acarreados” o de “vendidos que canjearon sus ideales por tierras y créditos” es
tan injusto como desacreditar a sus enemigos.
Ejemplos como el
norte de Sinaloa, algunas localidades agrícolas y urbanas de Sonora, el corredor
industrial de Tlaxcala y la comarca lagunera son indicativos de la existencia de
consensos activos hacia la educación socialista. En estas regiones la
Iglesia tenía escaso influjo sobre la población, ya fuera debido a que su
presencia había sido desplazada a lo largo del siglo XIX o a que nunca formó
parte sustancial de la vida social. Desde mediados del porfiriato La Laguna se
caracterizó por el desarrollo de patrones culturales “modernos”. La tradición
militar de sus primeros colonos, la experiencia de haber participado en la
Revolución de 1910 y las sucesivas luchas por la posesión de las tierras habían
desempeñado un papel central. La secularización de su sistema educativo venía
produciéndose desde décadas atrás, primero bajo la influencia del pensamiento
liberal decimonónico y después por la difusión de las corrientes pedagógicas de
la etapa posrevolucionaria. Algunos de los postulados centrales del ideario
educativo del cardenismo habían sido aplicados incluso antes de que Lázaro
Cárdenas ocupara la presidencia. Debido a ello, al momento en el que se produjo
el reparto de tierras y la consecuente reorganización de las comunidades, las
escuelas de la zona tuvieron el respaldo suficiente para convertirse en espacios
reguladores del proceso de colectivizaci
La educación en las
ciudades
Los
ejidatarios modernos constituían el ideal cardenista para el campo. Para las
zonas urbanas, aún minoritarias pero en proceso de expansión y cambio, se forjó
un prototipo distinto: el trabajador industrial, capacitado técnicamente,
solidario para con sus semejantes, combativo en la defensa de su clase,
abstemio, sano y robusto. En aras de este modelo, el gobierno prohibió la venta
de licores en las cercanías de los centros de trabajo, ordenó que se
instituyeran vistosos desfiles obreros, fundó la Escuela Normal de Educación
Física, creó campos deportivos, patrocinó la venta de pescado barato, estableció
comedores en algunas fábricas e hizo campañas en favor del consumo de carne y
azúcar. Al
mismo tiempo, dio prioridad a la enseñanza técnica, componente central del
modelo de industrialización que el “presidente ranchero” imaginó para México. En
su opinión, la mejoría económica y moral del país sin mano de obra capacitada y
laboriosa, técnicos intermedios capaces y comprometidos, profesionales de alto
nivel en todo diferentes a los universitarios liberales y empresarios dispuestos
a apostar por el paísón.
La campaña en
favor de la instrucción proletaria tuvo como campo principal de acción a la
ciudad de México, en la que habitaba cerca del 30% de la población urbana del
país. Su sostén administrativo e ideológico fue el Departamento de Educación
Obrera, que vivió a contrapelo sólo tres años, sin cumplir los propósitos que
justificaron su nacimiento: controlar las escuelas primarias y secundarias
nocturnas para trabajadores (106 en total), desarrollar programas culturales
dirigidos a los obreros y sustituir los “valores y aspiraciones de la “pequeña
burguesía” mediante una verdadera escuela de la clase trabajadora. Los cursos
estaban divididos en tres grupos: asignaturas académicas, instrucción política
sobre la lucha de clases y educación física. La Universidad Obrera, cuyo
principal artífice fue el líder sindical Vicente Lombardo Toledano, formó parte
de este proyecto. En sus inicios, esta
institución agrupó a intelectuales y artistas que se esforzaron por instruir a
la “futura vanguardia de la revolución socialista” sobre los principios del
materialismo histórico, los males inherentes al capitalismo y el devenir de una
nueva era. Al paso del tiempo se convertiría en un esqueleto gobernado de manera
vitalicia por su fundador.
A partir de 1937
el gobierno redujo la fraseología radical que hablaba de la capacitación como
instrumento para facilitar el advenimiento del socialismo y redobló sus cuidados
hacia la educación técnica, que además de sostener el crecimiento económico y el
desarrollo de la industria nacional debía atender la demanda, cada vez mayor, de
los sectores urbanos medios y bajos para recibir educación. La mayoría de las
instituciones educativas de nivel secundario, medio superior y superior de las
ciudades formaban parte de las universidades públicas, que en opinión de los
cardenistas constituían una rémora inservible de la dictadura porfiriana. Ya
desde años atrás existía la convicción de que el sistema universitario era
incapaz de satisfacer las necesidades del país en cuanto a formación de recursos
humanos, democratización de la cultura, investigación científica y capacitación
de mandos técnicos. Su papel había sido titular profesionales liberales para un
mercado de empleo ubicado en los centros urbanos y definido por los intereses de
las minorías ilustradas. Quienes transitaban por sus aulas carecían de una
conciencia de clase y de conocimientos específicos que les permitieran el
ejercicio pleno de su profesión.
La iniciativa
estatal de transformar la desventajosa situación de la enseñanza técnica contó
con el apoyo de destacados funcionarios e intelectuales, quienes idearon un
proyecto que llegaría a modificar los rasgos del sistema educativo mexicano y
sus relaciones con el poder. Su columna vertebral fue el Instituto Politécnico
Nacional (IPN), concebido como el tronco de un organismo con ramificaciones
múltiples: las prevocacionales, equivalentes a las escuelas secundarias pero con
materias técnicas que ofrecían a los alumnos una preparación básica para el
trabajo; las vocacionales, responsables de formar técnicos, y la superior,
dirigida a preparar profesionales en áreas consideradas prioritarias para la
economía nacional. En sus orígenes, el IPN reunió a instituciones creadas bajo
los auspicios del Estado revolucionario con otras de matriz porfiriana. La
intención de sus creadores era reclutar a estudiantes provenientes de los
sectores más bajos de la provincia y de la capital del país, para lo cual fueron
creados un sistema de becas y un internado y se establecieron reglas destinadas
a asegurar que los beneficiados fueran “legítimos” representantes de las
“mayorías no ilustradas”.
La apertura
del IPN, en 1937, significó una ruptura con el modelo universitario impulsado
desde la medianía del siglo XIX, así como un ataque frontal a la Universidad
Nacional de México (UNAM). A diferencia de ésta, que nació dotada de una
relativa independencia legal respecto al Estado y a lo largo de su vida
conquistó la autonomía plena, el IPN fue concebido e instrumentado como un
órgano perteneciente al cuerpo estatal. No se le concedió margen alguno para
actuar de manera independiente del gobierno central, ni se le fijaron mecanismos
internos para la elección de sus autoridades y para la participación de
estudiantes y maestros en la toma de decisiones. A largo plazo, estas ausencias
propiciarían prácticas autoritarias y corporativas aún vigentes.
La
inauguración del IPN no resolvía el problema educativo más inmediato y
políticamente más explosivo en las ciudades del país: qué hacer con
las escuelas secundarias urbanas creadas en 1925
con el fin político de quitarle a las universidades el control de la enseñanza
media, el pedagógico de proporcionar una educación menos académica y más
apropiada para aquellos colegiales que no pudieran o no quisieran ingresar a la
universidad y el disciplinario de mitigar el “comportamiento escandaloso” de los
adolescentes al interior de las preparatorias. En años anteriores al periodo
cardenista, las secundarias crecieron debido a la presión de los sectores
medios, burócratas, comerciantes, profesionales liberales y rancheros, que veían
en ellas un trampolín seguro hacia una mejor calidad de vida. Las luchas por su
aumento, orientación y costo habían estremecido a la SEP en los difíciles años
de 1932 y 1933. Involucraron tanto a sectores sociales con amplia capacidad de
convocatoria y movilización como a asociaciones “conservadoras” poco dispuestas
a dejar en manos del gobierno un espacio que sentían, y de hecho lo era, sólo
suyo.
En marzo de 1935
la SEP anunció su decisión de administrar toda la secundaria pública y privada
con los propósitos de asegurar que ésta fuera accesible y útil a una mayor parte
de la población y se sometiera a los principios constitucionales aprobados un
año atrás. De inmediato se suscitaron protestas de padres de familia y medidas
de fuerza por parte de las universidades públicas. En claro desacato a las
advertencias que Lázaro Cárdenas le hiciera, la UNAM trató de competir con la
SEP mediante la creación de una serie de escuelas secundarias, encubiertas bajo
el nombre de “extensiones universitarias”. Maestros y funcionarios acusaron a
esta institución de ser “una fortaleza reaccionaria” y solicitaron al gobierno
que le pusiera un alto definitivo. La SEP no se opuso abiertamente al derecho de
las universidades a instituir su sistema de educación secundaria; a su vez,
éstas moderaron su ofensiva. Antes de que concluyera el año, la pugna se había
desvanecido.
Durante el
periodo 1935-1940 el número de escuelas secundarias controladas por la SEP
creció en forma considerable. La mayor expansión se dio en los terrenos de la
educación privada (116 planteles en 1940), y no en los de la pública (32
escuelas).
Ello muestra que muchos padres de familia preferían pagar por la educación
intermedia de sus hijos que enviarlos a colegios de gobierno. Dado que los años
treinta no fueron de bonanza económica ni ofrecieron ventajas especiales a los
sectores medios, he de suponer que la elección se debía a cálculos no
directamente relacionados con las posibilidades financieras de las familias.
Para algunas de éstas el motivo fundamental era de índole religioso: querían
asegurarse que los jóvenes tuvieran una educación acorde con las creencias
familiares. Sin embargo, las más buscaban mejor calidad en la enseñanza, el
prestigio asociado a la educación privada y canales adecuados para el acceso a
la universidad. Más que una “derrama”, el pago de colegiaturas representaba una
apuesta al futuro.
El
conflicto en torno a las secundarias formó parte de la cadena de movimientos que
conmovieron a varias de las ciudades más importantes del país desde el año de
1929 hasta el de 1936. La campaña de José Vasconcelos a la presidencia de la
república (1929), las jornadas en favor de
la autonomía universitaria y la ruptura de los círculos intelectuales con el
gobierno central habían creado un clima de confrontación entre las universidades
públicas y el Estado. Las tormentas se
reavivarían en 1933, al calor de las disputas por la educación socialista y las
maniobras para que ésta fuera elevada a rango constitucional. En septiembre de
ese año se llevó a cabo en la ciudad de México el Congreso de Universitarios
Mexicanos, al que asistieron representantes de diversas instituciones. El rector
de la Universidad de Guadalajara propuso en este acto que el materialismo
dialéctico fuera declarado doctrina única en la educación superior. Antonio
Caso, uno de los intelectuales con mayor prestigio y dentro de la UNAM,
manifestó su desacuerdo e hizo una apasionada e inteligente defensa de la
libertad de cátedra y la independencia del conocimiento frente a los poderes
públicos. El alegato en favor del marxismo estuvo a cargo del entonces director
de la Escuela Nacional Preparatoria, Vicente Lombardo Toledano, quien argumentó
la necesidad de que el Estado, vanguardia, árbitro supremo y juez de la sociedad
mexicana, vigilara la aplicación de la doctrina socialista en la enseñanza
superior.
Lo
acontecido en el Congreso sirvió como detonante de múltiples explosiones que
estremecieron a las capitales más pobladas y con mayor dinamismo económico de la
república, la ciudad de México en primer lugar.
El gobierno atendió los reclamos de los estudiantes capitalinos y en octubre de
1933 expidió la Ley Orgánica de la Universidad, institución a la que le fue
otorgada plena autonomía y le fueron retirados los subsidios estatales. Según
Narciso Bassols, esta ley implicaba que la Universidad perdiera su carácter
nacional y dejara de ser el órgano encargado de la cultura y la investigación.
En su nueva calidad de organismo autónomo dotado de patrimonio propio, debía
competir con las otras instituciones de enseñanza superior y demostrar a la
nación su capacidad para autogobernarse.
Al tiempo
que Lázaro Cárdenas realizaba su gira electoral, los dirigentes de la Federación
Nacional de Estudiantes iban de un sitio a otro para difundir los principios de
la libertad de cátedra y la autonomía, aprobados como banderas de lucha en el
Congreso Nacional de Estudiantes realizado en mayo de 1934 en San Luis Potosí.
Las capitales de Puebla, Jalisco, Zacatecas, Durango, Nuevo León, Aguascalientes
y Coahuila fueron escenarios de nutridas manifestaciones públicas y de
movimientos estudiantiles con amplio respaldo por parte de la ciudadanía. El
presidente de la república, Abelardo Rodríguez, advirtió que el poder público
ordenaría la clausura de aquellas instituciones que estallaran huelgas. El
cumplimiento de la amenaza generó malestar en las poblaciones afectadas y
exacerbó los ánimos en contra de la reforma educativa.
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