Filósofo,
abogado, escritor, político, historiador y educador, José Vasconcelos es una de
las personalidades con mayor influencia en la conformación del México moderno.
Nació el 27 de
febrero de 1882, en Oaxaca y falleció, en la ciudad de México, el 30 de junio de
1959.
Su infancia la
vivió en la frontera, al grado que sus estudios iniciales los realizó en la
comunidad fronteriza de Eagle Pass, Texas. Debido al trabajo del padre,
la familia de Vasconcelos vivió en Piedras Negras, Campeche, Toluca y la
Capital, donde ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria y después a la Escuela
de Jurisprudencia para concluir sus estudios como abogado.
A continuación,
les ofrecemos una breve semblanza de la vida y obra de este ilustre mexicano.
Biografía reducida y dividida en cuatro segmentos: el educador, el Político, el
escritor y el filósofo.
El
educador
Fundador del
Ateneo de la Juventud, institución que presidió (1909-1912 ) y renombró bajo el
denominativo de Ateneo de México, Vasconcelos inició su labor como educador que
lo llevaría a ser Director de la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) durante el
régimen de Francisco I. Madero, Rector de la Universidad Nacional (1920-1921),
Secretario de Educación Pública con Obregón (1921-1924), y Director de la
Biblioteca Nacional (1941-1947).
En el Ateneo y
bajo su administración edificó la Universidad Popular Mexicana (1912-1920),
dependencia con la misión social de educar mediante conferencias, conciertos
etcétera, a los adultos, pero principalmente a los obreros. A esta Universidad,
Vasconcelos le impuso una mística educativa orientada hacia el pueblo, rasgo
también latente en su rectoría en la Universidad Nacional.
Fue designado
como Director de la ENP, en dos ocasiones; primero durante el gobierno de
Madero, y después con Carranza, a quien por cierto, criticó severamente;
apreciaciones que le valieron una orden de aprehensión y posterior exilio en
EUA.
Vasconcelos
regresó al país, fue nombrado Rector de la Universidad Nacional de México,
conocida entonces como Departamento Universitario y de Bellas Artes, el 9 de
junio de 1920. Durante su rectorado, organizó un programa editorial que
comprendía sobre todo la divulgación de los autores clásicos hacia amplias capas
de la sociedad, y se adoptó el escudo actual de nuestra universidad, de cuyo
lema es el autor.
El lema que anima a la
Universidad Nacional, Por mi raza hablará el espíritu, revela la vocación
humanística con la que fue concebida. El autor de esta célebre frase, José
Vasconcelos, asumió la rectoría en 1920, en una época en que las esperanzas de
la Revolución aún estaban vivas, había una gran fe en la Patria y el ánimo
redentor se extendía en el ambiente. Se "significa en este lema la convicción de
que la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia
espiritual y libérrima" , explicó el "Maestro de América" al presentar la
propuesta. Más tarde, precisaría: "Imaginé así el escudo universitario que
presenté al Consejo, toscamente y con una leyenda: Por mi raza hablará el
espíritu, pretendiendo significar que despertábamos de una larga noche de
opresion".
Durante su rectorado,
José Vasconcelos dotó a la Universidad de su actual escudo en el cual el águila
mexicana y el cóndor andino, cual ave bicéfala, protegen el despliegue del mapa
de América Latina, desde la frontera norte de México hasta el Cabo de Hornos,
plasmando la unificación de los iberoamericanos: "Nuestro continente nuevo y
antiguo, predestinado a contener una raza quinta, la raza cósmica, en la cual se
fundirán las dispersas y se consumará la unidad".
Con el presidente Álvaro
Obregón, fue Secretario de Educación Pública, desde donde dio un fuerte impulso
a la educación, en todos los órdenes. En beneficio de los sectores populares,
organizó la primera campaña contra el analfabetismo de que se tiene memoria en
México, implantó las misiones culturales y abrió bibliotecas. En el ámbito de
las artes, apoyó a artistas destacados y fomentó la pintura mural mexicana a
través de contratos con pintores como Diego Rivera, José Clemente Orozco, David
Alfaro Siqueiros y Roberto Montenegro. De este tiempo datan las decoraciones
murales que hasta la fecha adornan algunos edificios públicos.
Al mismo tiempo, organizó la
Secretaría en tres departamentos: Escolar, de Bellas Artes y de Bibliotecas y
Archivos. Creó el primer sistema de bibliotecas, entre las cuales destacan la
Populares, destinadas a obreros y público en general; con el objetivo de
ofrecerles libros que sirvieran de complemento a sus labores; las Escolares,
como complemento de la educación; que debían llegar, según los objetivos de
Vasconcelos a los más apartados rincones.
Editó una serie de clásicos
de la literatura universal, la revista El Maestro y el semanario La
Antorcha; invitó a trabajar en el país a los educadores Gabriela Mistral y
Pedro Henríquez Ureña; impulsó la escuela y las misiones rurales, creó la
Orquesta Sinfónica Nacional e hizo surgir escuelas de pintura al aire libre;
todo esto bajo el empeñó de ofrecer a México la ruta que lo elevara al rango de
país civilizado y culto, por lo que es considerado el arquitecto de la educación
nacional.
Después de un nuevo y largo
período de destierro, regresó al país en 1940. 2 de mayo del siguiente año fue
nombrado el Director de la Biblioteca Nacional. En este puesto Vasconcelos
retomó los planes de reorganización de sus antecesores y se esforzó por mantener
la tarea de difusión de la institución. Una de sus labores importantes, fue el
traslado, a la ex iglesia de San Pedro y San Pablo, de los materiales de la
Hemeroteca Nacional.
En resumen, Vasconcelos en
su filosofía como educador propone:
1.- Sentir la cultura
mestiza como base del concepto de mexicanidad.
2.- Mexicanizar el saber, es
decir, hacer objeto de estudio la antropología y el medio natural del país.
3.- Hacer de Latinoamérica
el centro de una gran síntesis humana.
4.- Emplear el sentido del
servicio y amor fraterno del ser humano como medio de ayuda a los más
desprotegidos, y
5.- Valerse del
industrialismo -como simple medio, nunca como un fin- para promover el progreso
de la nación.
José Vasconcelos hombre de
convicciones, renunció en 1924 a la Secretaría de Educación, al estar desacuerdo
con la elección del candidato Plutarco Elías Calles a la Presidencia de la
República.
El
político
La figura de Vasconcelos es
recordada por su profunda influencia en el México moderno. Su participación en
la vida política del país, coincide con momentos históricos fundamentales en la
conformación de nuestra identidad nacional.
Y ya de cepa la ideología de
Don José, estaba predeterminada. Los abuelos maternos, distinguidos liberales
oaxaqueños, dieron refugio a Porfirio Díaz en 1857, en la comunidad de Tlaxiaco,
detalle que después sería cuestionado en el imaginario del joven Vasconcelos
ante la dictadura porfirista.
Abogado exitoso, Vasconcelos
trabajó en su juventud, representando a compañías norteamericanas, hasta que
iniciado el proceso revolucionario fundó junto con Gustavo y Francisco I.
Madero, Filomeno Mata, Roque Estrada, Félix Palaviccini, Luis Cabrera, entre
otros; el Centro Antirreeleccionista, en 1909, bajo el lema "Sufragio efectivo
no reelección" expresión que se presume de su autoría y que sería pilar en la
lucha contra el régimen de Díaz.
Por aquella época, editó al
lado de Palaviccini, el periódico El antirreeleccionista, por diversos
artículos ahí publicados fue presa de persecuciones, las cuales motivaron su
primer exilio; estableciéndose en Nueva York, donde fungió como agente
confidencial de Madero en Washington hasta la caída de Porfirio Díaz.
Después del derrocamiento de
Don Porfirio, regresó a México y se convirtió en el intelectual del maderismo,
defendiéndolo a través de la prensa. Con el paso de la Historia, los
revolucionarios proclives a Madero, fueron sustituidos por huertistas,
villistas, carrancistas, zapatistas, etcétera.
Con Carranza, Vasconcelos
también trabajó como agente confidencial, esta vez ante gobiernos europeos, como
el francés y el inglés, pero de regreso en México y ante algunas críticas que
vertió sobre el proceder de Venustiano Carranza, éste último ordenó orden de
arresto contra él, lo que redundó en un nuevo exilio.
En 1920 ofreció su respaldo
al Plan de Agua Prieta, aunque "Vasconcelos jamás apoyó a Victoriano Huerta;
pero sus ataques resultaron blandos y casi amistosos en comparación con los que
lanzaría contra Carranza, Calles, Cárdenas". (Blanco, José Joaquín. Se
llamaba Vasconcelos. FCE. México. 1996. pp. 61) Ese mismo año, Huerta lo nombró
Jefe del Departamento Universitario y de Bellas Artes.
Después de su renuncia a la
Secretaría de Educación, en 1924, Vasconcelos fue candidato al gobierno del
Estado de Oaxaca, perdió y se volvió a alejar del país. Regresó en 1928 y en
1929 fue postulado a la Presidencia de la República por el Partido Nacional
Antireeleccionista. Ganó la simpatía popular; sobresaliendo el apoyo
estudiantil, sin embargo, el triunfo fue para el candidato oficial Pascual Ortiz
Rubio, en una de las primeras sombras de fraude electoral documentadas en
México. En diciembre de ese año, José Vasconcelos proclamó en Sonora el Plan de
Guaymas, que le valió la cárcel. Tras recuperar la libertad, volvió a exiliarse
en tierras europeas.
El
escritor*
Escritor y, como tal, de la
estirpe de los recios, sólidos y cabales, fue este hombre extraordinario, del
aviso de muchos mexicanos, entre éstos tanto los letrados como los semi-cultos y
los que, deseosos siempre de saber, se acercan, ingenuos y sencillos, a los que
les pueden enseñar algo. Un escritor, un artista, un político, si son buenos, su
bondad es manifiesta, por tanto atractiva, de lo que se sigue que su obra nos
rinde a todos. Y es que la bondad es necesariamente comunicativa y encuentra
siempre un eco en el interior de cada quien.
Resuena en el alma,
justamente para hacerlo nuestro, lo que los hombres señalados difunden en la
sociedad y nos toca la fibra sensible, tensa naturalmente y en acto, por el
mismo caso, de vibrar al unísono de ese escritor, de ese artista y de ese
político. Vasconcelos pensador, de penetración objetiva, dado, por el
consiguiente, al desmenuzamiento de las cosas, de los acontecimientos, de las
situaciones, y de penetración subjetiva, a un tiempo, movido a dilucidar las
implicaciones y complicaciones de su propia conciencia, interesa a toda clase de
lectores, los cuales, por otra parte, van a él seducidos, como precipitados y
despeñados en llegar al fondo de lo humano suyo, en el que encontramos lo humano
nuestro.
Fue filósofo Vasconcelos.
Todo lo vio bajo el signo de lo bello. Lo perseguía hasta no dar con él en cada
uno de los seres. El hombre, concretamente el mexicano, tenía que ser bello, que
conformarse con el modelo eterno de una armonía divina que, despiertos a las
inquietudes trascendentes, no podíamos menos que oír. Su filosofía nos abre la
puerta de ese aposento donde vamos a disfrutar de la vecindad con Dios.
Escritor político y
ciudadano de avisada y sesuda ciudadanía, nos hizo ver a los mexicanos lo que
es, lo que debe ser México. Su Ulises criollo, obra maestra, y suponiendo
que México dejara de ser, ella sola quedaría como el testimonio fehaciente,
imperecedero, además, de las fallas, de los aciertos que registra la historia,
de la voluntad que, en los mejores de nosotros, ha pretendido la duración y la
sobrevivencia, por tanto la nobleza de lo humano mexicano.
Hace gala en todo lo que
escribió de una verba convincente. Su frase es de garra y estruja, aprieta y,
por otra parte, va derecho a la inteligencia o al corazón. No, no deja
indiferente a nadie, y nadie como él ha sido capaz, por la sola fuerza de la
palabra, de crear una mentalidad nacional. Díganlo, si no, los jóvenes de los
años veintes y, muy especialmente, los que lo acompañaron en el 29, cuando con
el callismo, ampliado, según él, por Mr. Morrow, el embajador de los Estados
Unidos, y con la guerra cristera y con el desánimo de muchos, muy a pesar de lo
cual fue un agitador intelectual.
Fue áspero, ciertamente,
cuando fustigaba a los pillos. Su reprensión fue rigurosa y, valeroso, siempre
de gran osadía, nunca tuvo, tal reza la expresión popular, pelos en la lengua.
Fue el creador de una universidad, a la que le dio el lema de "Por mi Raza
Hablará el Espíritu", y la cual, con el mote agregado después de "autónoma",
tuvo él como sierva, precisamente porque la universidad "autónoma" se vanagloria
de su autonomía.
Vasconcelos, dígase lo que
se quiera en contrario, pese a sus deturpadores, a los que lo desprecian,
combaten o niegan, por tanto, es un espejo en que los mexicanos conocemos y
reconocemos los rasgos de nuestra propia faz. Su familia, en una época
trashumante, lo que le valió tener tratos con porciones variadas de nuestra
población; su madre, mujer sencilla, constante, con constancia grande, en sus
deberes hogareños; su vida de estudiante, sus inquietudes intelectuales no
satisfechas, gracias a la insuficiencia de sus maestros; la vaciedad de algunos
de sus compañeros; la opresión del ambiente político, todo concurrió en él a
tener una clara conciencia de lo que es el hombre y, por lo pronto, el hombre
mexicano.
Carranza, y lo hace ver
Vasconcelos en sus memorias, empezadas justamente en el Ulises criollo,
copió a los Estados Unidos, rodeado como estaba de pastores protestantes, y
suprimió la Secretaría de Instrucción Pública.La escuela tenía que ser, según esto, cosa de la exclusiva incumbencia de los
ayuntamientos. Y Vasconcelos creó la Secretaría de Educación y con ella movió a
la inteligencia de México, a los hombres de buena voluntad, a los niños, a los
jóvenes y a los adultos deseosos de aprender. Sus misiones culturales, llegadas
a todos los rincones de la patria, sus artes populares, sus teatros al aire
libre, la exaltación y depuración de lo indígena, todo fue una fiesta del
espíritu y, de resultas de esto, una afirmación de lo auténtico mexicano. Fue
ejemplar, cosa tenida por muchos como extravagante, en todo caso como inútil y,
por otra parte, costosa, la edición de los clásicos de la antigüedad: La
Odisea y La Ilíada, entre otros, pero cosa que en su intención, y estaba en
lo cierto, le daba al pueblo el conocimiento de sus orígenes culturales. Porque,
queramos o no, somos occidentales, lo que le debemos a la presencia de España en
las entretelas de nuestra sustancia. Vasconcelos es grande como escritor, grande
como político, grande como hombre que hizo historia. Por lo uno y por lo otro
será nuestro constante y obligado compañero y guía.
El
Filósofo**
«Maestro de las juventudes
de América» le llamaron los estudiantes de América del Sur, que vieron en el
hombre que escribía una Metafísica y militaba en las filas de Madero la
clave para entroncar el mundo ideal de la cultura con el mundo real de la vida
patria. Prefirió siempre ser filósofo en el sentido platónico y por eso su
magisterio se ejerció, sobre todo, a través de su obra escrita. Maestro ,también
por la magnífica y valiente defensa de su estirpe hispánica -bastaría leer la
Breve Historia de México y De Robinson a Odisea- y por su manera
fuertemente personal de encararse con los problemas filosóficos; por las
inestimables sugerencias que brinda y hasta por las violentas reacciones que
suscita. Si cabe hablar de genios en Ibero América, nadie con mejor derecho para
ser clasificado así que el creador de la Filosofía estética.
Estética no es para v. el
tratado de lo bello. Es algo muy diverso. Consiste en redimir el mundo físico
trocándole su ritmo de material en psíquico. Los cuadros de, la Naturaleza,
destinados a desaparecer, son salvados por el hombre que los conmuta en ritmo,
armonía y contrapunto. El amor, alma de la Estética, es la fuerza que emprende
la reintegración de lo disperso a lo Absoluto. La ley del espíritu (su función
estética) es realizar una coordinación viviente de los heterogéneos sin
sacrificar la cualidad. Las imágenes vivas de las cosas las maneja el espíritu
humano en el crisol de su triple a priori estético: ritmo, armonía y
contrapunto. Aquí reside la belleza. La operación estética, en esencia, radica
en aislar la cosa de su ritmo nativo, a fin de incorporar su movimiento al ritmo
del alma. Estamos en el reino del subjetivismo. Con mente kantiana, V. adopta
las ideas de Nietzsche sobre la tragedia griega, convirtiéndolas en categorías;
y añade a las dos categorías nietzscheanas de la belleza, apolínea y dionisiaca,
una más: la mística. Cree V. que ha descubierto nada menos que un órgano
estético en el hombre. Este órgano, que posee un sentido de orientación y que
nos lleva a un equilibrio energético de composición, lo encuentra V. en los
conductos semicirculares a donde convergen las impresiones cerebrales
conscientes y las sensaciones internas o cenestesia, brotando de este concurso
la unidad fundamental del yo.
El ser se manifiesta por
caminos de emoción existencial (Metafísica, 1929). En la cosmología
emanatista y dinámica de V ., que niega implícitamente la extensión, el Universo
se presenta como un cuerpo único con irradiaciones emotivas. Todo es ser y todo,
para ser, participa en una misma sustancia, aunque en diverso grado y calidad,
según su cercanía del Ser Absoluto. Si la esencia de lo ético es el acto
teleoklino que se rige por ciertas normas, ética será, para nuestro filósofo,
«toda disciplina de vida», toda potencia que se traduzca en acto. También en la
Ética (escrita en 1932) es fácil reconocer el platonismo de Vasconcelos.
El Absoluto, último y supremo fin de todo lo existente, atrae al hombre,
libremente, para que redima y salve a la Naturaleza ciega sumida en la
inconsciencia. La Naturaleza, sedienta de unidad redentora, es un dócil
instrumento del hombre para la trasmutación a planos espirituales.
En Filosofía, V. reclama el
derecho a que se juzguen como originales suyas las tesis siguientes: a)
La teoría del apriori estético, en la cual se afirma que el fenómeno de la
belleza obedece a formas específicas, que son: el ritmo, la melodía, la armonía
y el contrapunto, independientes de las formas lógicas aristotélicas. (Salta a
la vista la mera trasposición de la estructura musical, por lo que no es nada
original). b) La teoría de la coordinación mental que liga conjuntos
heterogéneos. Cuando pensamos en un objeto, p. ej., ponemos en un sector de la
mente lo que. nos dicen de él la Física, la Química, la Literatura, y así la
labor del filósofo consiste en coordinar esas esferas del conocimiento para
lograr algo que ya no es logos sino armonía. La verdad, en consecuencia,
ya no es la reducción de lo particular a lo general, piensa nuestro filósofo,
sino el secreto de la coordinación de valores irreductibles uno al otro, pero
que se ligan por la vida y la acción, dando por resultado una existencia como
armonía. c) En su ensayo intitulado La Sinfonía como forma literaria,
V. lanzó por primera vez la tesis de que el arte supone la combinación de
elementos heterogéneos que se coordinan en forma no intelectual, sino armónica y
estética, a fin de producir efectos de conjunto, que son perfectamente
inteligibles y además sensibles y que no tienen nada que ver con las
conclusiones lógicas de la mente. Esta tesis coincide con las ideas sobre la
belleza del poeta Elliot, en sus Cuartetos, escritas como diez años
después, según lo ha hecho notar el filósofo norteamericano Philip
Wheelwright.
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